A favor de la monogamia

En una época de abundancia sexual, opciones infinitas y vínculos en modo “scroll”, este ensayo propone una defensa inesperada: la monogamia como tecnología de atención, como forma y como límite fértil. De la mano de Bad Bunny y Denis de Rougemont, Anthony Giddens y Eva Illouz, el texto recorre la caída del ideal romántico y la fatiga de una generación saturada de estímulos para preguntarse si elegir (y renunciar) no es hoy el gesto más radical.

por Victoria Liendo

Yo quisiera enamorarme, 

Pero no puedo, 

Pero no puedo. 

“TITI ME PREGUNTÓ”, BAD BUNNY

Pocas son las cosas que nos atraviesan a todos con la misma inclemencia ––pobres, ricos, extranjeros, argentinos, hombres, mujeres, therians––: está el amor, está la muerte y está el vértigo que sentís cuando alguien te dice “para siempre”. 

No de otra cosa habla la canción que, desde el Super Bowl, penetró los más recónditos hogares de Occidente: a Titi, esa clásica tía que te pregunta cuándo pensás sentar cabeza, el sobrino le responde con un hit. “Suelta ese mal vivir”, le aconseja ella; “yo no sé por qué soy así”, le responde él, que todavía no leyó este artículo e ignora lo bien que su música encarna la impotencia de su generación.

Tener muchas novias o novios, salir hoy con uno y mañana con otro, todos juntos al VIP, aburrirse rápido, desear al que sigue, buscar el ritmo y no el objeto, disolverse en el circuito cerrado de la dopamina: que no importe cuál mientras sea nuevo, que el futuro sea descartar. 

“Muchacho del diablo” le dice Titi, pero no es algo que él elija. La última línea de la canción es de las pocas que nunca se repiten; se apaga sin énfasis como una expresión de derrota o, más bien, como el murmullo de un adicto: “Ya no quiero ser así, no”. 

Pocas son las cosas que nos atraviesan a todos con la misma inclemencia ––pobres, ricos, extranjeros, argentinos, hombres, mujeres, therians––: está el amor, está la muerte y está el vértigo que sentís cuando alguien te dice “para siempre”. 

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Lo que perdimos  

Por más alegre que sea su mansión llena de novias o la casita de gatos en River, el hombre de 30 años se siente condenado a una adrenalina que ya no quiere. A punto de empezar el peor segmento de la vida adulta (la primera creación, la primera apuesta, la gran promesa, el comienzo del fin), saturado de opciones y de conquistas express, el hombre de 30 años siente la falta. 

No es de amor, que conoció con Gabriela, con Patricia, con Nicole y con Sofía (“el amor se parece más a sí mismo en los poemas”, escribió Montaigne), es otra cosa: una escena que antes era muy normal, casi obligatoria (eligieras bien o mal, en algún momento iba a ocurrir), y que hoy prácticamente ha desaparecido. Ni siquiera en las películas se dicen cosas como: “Te quiero a vos, para siempre, todos los días hasta el final”. 

Antes, sí; antes alguien iba a querer cerrar el trato, un acuerdo voluptuoso, sin horizonte de tan inconmensurable, que, si eras mujer, te convertía automáticamente en la elegida de un hombre (misión patriarcal cumplida) y, si eras hombre, te ponía nervioso, cuando no te transformaba en alguien que se casa diciendo: “Vemos”. Lo importante era haber llegado hasta el altar con el envión del enamoramiento, como si un sentimiento se pudiera institucionalizar.

 

Ashley: I’m going to marry Melanie!

Scarlett: But you love ME!

Ashley: How could I help loving you? You have all the passion for life that I lack. But that kind of love isn’t enough to make a successful marriage for two people who are as different as we are…

Solemos confundir monogamia con amor por una razón muy simple, inapelable: la consecuencia inmediata de enamorarnos es un deseo intenso de exclusividad. Como la percepción del tiempo se altera, la perpetuidad nos parece un segundo. En ese corto rapto de pasión, la fidelidad es involuntaria y gozosa. 

Siempre quise forzar esa famosa cita de Spinoza sobre el conocimiento sub specie aeternitatis, que nada tiene que ver con la lluvia que te cala los huesos ni con el rayo que te los parte: “Sentimos y experimentamos que somos eternos.” La naturaleza del amor es absoluta; va a destruir el mundo, ocuparlo todo, fusionar dos cuerpos hasta que reemplacen al universo. Pero así como es de poderoso es inestable. Sin obstáculos, no hay forma. Un día los celos se apagan, el ansia amaina, el mundo vuelve. 

La única manera que encontraron dos personajes franceses de ficción para sobrevivir a esta catástrofe fue suicidarse juntos; ya no se querían como antes, pero por lo menos iban a impedir que las ganas de empezar a estar con otras personas degradaran su historia de amor. Prefirieron morir antes que aceptar su humanidad. “Ideal o muerte” gritan los enamorados. 

Atrapar a Eros 

Cuando empecé hace muchos años a leer El amor y Occidente, me costaba entenderlo. No era el francés, que empezaba a dominar, era un problema emocional; no había forma de que yo aceptara semejante hipótesis por más implacable que fuera: “La pasión está ligada a la muerte y destruye a todos los que se entregan a ella.” Pensaba desmentirla con mi propia vida. Estaba convencida de que se podía vivir en el amor-pasión, de que con el amor se comía, se educaba y se curaba. Me lo confundía con la democracia, y, lo que fue aún peor, con el matrimonio. 

Vivir me acomodó en la historia. Entendí que el argumento que sostenían prácticamente todos (fuera Denis de Rougemont, Shakespeare o Emily Brontë) era cierto: si querés que el amor de tu vida sea eterno, la única salida es la muerte. Ni siquiera Rousseau —que inventó la virtud y esta idea ridícula de que renunciar a la pasión y sublimarla es la mejor sensación que un ser humano puede tener— logró salvar a su estoica protagonista (siempre libre de pecado) de terminar ahogándose en un lago. 

No hay sacrificio ni artimaña capaz de proteger del tiempo la intensidad del amor. Es como querer guardar una escarcha en un estuche de terciopelo. Victoria Ocampo se dijo a sí misma cuando conoció el flechazo: “¿Tendré que vivir en el tiempo después de haber conocido la eternidad?” La pasión no busca durar, sino volverse cada vez más intensa, por eso respira mejor en el bosque, en la gruta, en el aislamiento total. El mundo es demasiado imperfecto para que el amor pueda existir en él; por eso muere ––dice Rougemont––, para salvarse. Que ninguna rutina tenga el gusto de aplacarlo: vivir tranquilos o morir de amor.

Tan distintos como somos 

No todo es psicosis wagneriana en esta vida. Hay quienes se han casado en pleno siglo XX (el único momento en la historia en que funcionó el modelo del matrimonio por amor) con los pies en la tierra y sin la menor sombra de espejismo, gente que sabe de antemano que la sociedad conyugal no es una traducción sublime del amor, sino algo distinto —otra cosa—, que a veces incluso es mejor no mezclar. 

Me resulta curioso que ellos, tan realistas, hayan sido la excepción, y que todo el resto  ––al menos desde la generación que crió a los boomers hasta acá–– nos creyéramos el cuento de la media naranja y diéramos por sentado, sin que nos pareciera ligeramente extraño, que cuando llegara el momento íbamos a casarnos con la nuestra. Nos pareció verosímil que “el amor de tu vida” fuera un contemporáneo, alguien que vive cerca, que ––of all places–– alquila un departamento en tu misma ciudad y puede convertirse en tu persona, tu nueva tribu, tu identidad: la verdadera, la única capaz de darle sentido a tu existencia. 

Crecimos iluminados por la estrella del amor monógamo, que se basta a sí mismo y engendra pertenencia; la aspiración noble y limitante de ser uno entre dos. No a otra cosa llamé durante años “destino”, y ahora me entero leyendo a Anthony Giddens que el matrimonio soñado de los años 50 fue una anomalía histórica, algo que nunca antes había existido y que no iba a volver a reproducirse. Sin la religión ni la economía como garantes, el casamiento por amor, después del amor, se rompe. Si nada más grande que el deseo compartido ata a dos personas libres e iguales ante la ley, ¿con qué sostener la unión si el amor se va? ¿Y quién creyó que era una buena idea pedirle a un marido que sea también tu amigo, tu amante, el papi compañero y el chico que te hace reír? 

No a otra cosa llamé durante años “destino”, y ahora me entero leyendo a Anthony Giddens que el matrimonio soñado de los años 50 fue una anomalía histórica, algo que nunca antes había existido y que no iba a volver a reproducirse.

Tan obvia era la inestabilidad de semejante esquema antes de la Segunda Guerra que parece mentira, pero no. Montaigne llega al punto de recomendar la menor cantidad de sexo posible con tal de evitar que la mujer se enamore; no sé si es misoginia o temor de Dios, pero usa a Aristóteles para deslizar la idea de que la pasión entre cónyuges es casi incesto, como un personaje de la ficción argentina, que tiene un amante para no caer en sordideses (“¿Y qué querés ––le dice a la amiga––, que me coja a mi marido? ¡Qué asquerosa!”). 

Eran otras épocas, otras reglas: no estaba mal pensar el matrimonio como amistad y abnegación; Montaigne hubiese preferido no casarse, pero ¿qué importa? No es algo que se hacía por uno mismo sino “para la posteridad”. Es increíble que no idealice al amor, que no exija la permanencia del sentimiento como una prueba de autenticidad moral. Tampoco lo rebaja a instinto primitivo; no, ningún desprecio, ninguna necesidad de simplificar las cosas ni de enredarlas. El amor es el amor y el matrimonio es el matrimonio. Un siglo más tarde, la gente empezó a adoptar la idea insólita ––radical y nunca antes oída–– de que lo más importante a la hora de casarse era el amor. La fidelidad, cuyo rigor antes solo corría para las mujeres, tomó otro carácter y otro peso.

En el gozo y en el dolor también 

¿A cuántas cosas podemos serles fiel al mismo tiempo? En la única novela que Rousseau escribió en su vida, Julie elige la fidelidad a su familia por sobre la pasión que la une a su preceptor, y se casa con el hombre que su padre quiere. Lo hace por apego a su origen y por amor a la virtud. Esto le sirve al amor-pasión ––que en esta novela tiene la particularidad de ser irreversible (“una llama eterna que nada puede ya apagar”, dice el texto, imagen inverosímil si las hay)–– porque lo nutre con la prohibición y lo eleva con la renuncia. La fidelidad para ella es sublimar y ser más alta. Cada día un centímetro más. Al final, ya toca el cielo con la frente. Super nice, aunque termina con la cabeza bajo el agua. 

Para una mujer como yo, en cambio, el desafío era ––en términos de supervivencia femenina–– más salvaje: lograr que un hombre quisiera serme fiel hasta el final. Ganar. Salvarme. Prevalecer. Una mezcla. Después estaban mis sueños, todas esas fantasías por las que hubiera metido el cuerpo entero en una pira: conocer a un hombre capaz de hacerme renunciar al resto. 

El enamoramiento ayudaba a la inflación de ilusiones imposibles; el problema era la duración en un mundo de costumbres relajadas y pastillas anticonceptivas. La libertad se multiplicó. Nació Internet. La opción se disparó y sigue en suba: más conectados, más llegada, más opciones. El portal de la monogamia, que ya era corto cuando en mi camada empezamos a casarnos, hoy casi no se abre. El exceso como régimen ha vuelto imposible el acto de elegir. Pobre Benito, pobres todos. 

Uno nuevo, uno nuevo, uno nuevo 

La atención es el recurso más escaso de esta época. Los jóvenes ignoran los distintos poderes que tiene nuestra especie, como aprender un poema de memoria, leer un libro entero, mirar una película sin usar el teléfono hasta el final. Ni esa mínima monogamia con las cosas ocurre en estos días. Concentrarse empieza a parecer una de esas capacidades que vamos perdiendo en cada transformación genética. 

Esta particularidad del presente, que cría chicos a videos cortos y mutila sus cortezas prefrontales desde temprano, agudiza el problema que Giddens venía rastreando en los 90. Los jóvenes de entonces vivían el momento, pero al menos conocían el compromiso. Los nuestros viven en un estado de pre-presente, el momento antes de que las cosas sucedan, un limbo con mil direcciones y ningún lugar adonde ir. El que elige, pierde: ese es el mantra hoy.

Sobre este asunto, me interesa todo lo que Eva Illouz, socióloga de las emociones, tiene para decir. Como buena lumbrera de izquierda, su diagnóstico es brillante pero tiene enormes chances de pensar mal una posible solución: no se puede confiar a ciegas en gente que adora regular. Illouz traslada lo mismo que piensa sobre la economía de mercado (siempre domina el más fuerte) al nuevo paisaje de la libertad sexual: ¿no nos damos cuenta de que en este capitalismo del deseo los que tienen menos capital sexual salen desprotegidos? Mejor concentrarse en el análisis. 

Hace poco un chico de 30 años me comentó que ya no miraba más pornografía. El problema era el dispositivo que le gustaba usar: una lógica de reels pero en webcam, la posibilidad de pasar de cuarto en cuarto, de chica en chica, de teta en teta, con solo deslizar el dedo. Como nunca sabés cuál es el video que sigue, preferís descubrir que te confundiste a quedarte donde estás (el ritmo del FOMO es así). Un día se dio cuenta de que el impulso del dedo era más fuerte que su propia erección: ¿cuántos culos hace falta scrollear para acabar mejor?

Hay dos regímenes, dice Illouz, el sexual y el emocional, y hoy están separados. Coger sin sentir, para sorpresa de nadie, les dio a los hombres todavía más ventajas sobre las mujeres. Spoiler: la revolución sexual liberó nuestros cuerpos pero no funcionó como queríamos. Más libertad en la cama, más inseguridad en el corazón. Ya no se ama; se evalúa, se compara, se descarta. 

Otra cosa buena que trajo malas consecuencias en el plano de la intimidad es la autonomía emocional que cada uno de nosotros ha ido desarrollando con sus analistas, amigos y hobbies. Increíblemente, armarse a sí mismo y confiar en la robusta solidez de la individualidad es un atentado contra la estabilidad conyugal: ya no queremos potenciar la pareja, sino maximizar nuestra opciones; aumentar, por las dudas, nuestro valor. Ya no estamos en el mundo de Tristán e Isolda, ya no es la vida tranquila la que amenaza con matar al amor, sino la costumbre abúlica de perder el tiempo en el teléfono. 

Ya no sufrimos porque nos enamoramos de la persona equivocada y toca hemorragia terminal por desgarro; no, ahora nos duele imaginar que el otro nos haya estado evaluando fríamente con el Chat y hayan decidido en equipo que era mejor avanzar. No hay tragedia, solo narcisismo. Para los hombres, el mandato de la testosterona es todavía peor: un amigo del que dejó el porno cuenta haberse acostado con cinco chicas en un recital de Cattaneo. Los pibardos lo aplauden: sube su estatus, aumenta su capital. Sabe que elegir a una va a dejarlo fuera de la competencia. 

Ningún personaje de Jane Austen podría imaginarse un mundo de infinitas opciones como el actual. El suyo era un mercado cerrado, donde el matrimonio era inevitable y la reputación un factor determinante. Casarse para ellas era gestionar riesgos: elegir bien, no quedarse soltera, no perder rango. Hoy es un tema existencial: ¿elegir o no elegir? Valen más mil volando que uno en mano. El apego no prende en las apps. No sé si hay que inventar un dispositivo nuevo o recauchutar uno viejo.

La atención es el recurso más escaso de esta época. Los jóvenes ignoran los distintos poderes que tiene nuestra especie, como aprender un poema de memoria, leer un libro entero, mirar una película sin usar el teléfono hasta el final.

Un erotismo de la restricción Es difícil despegar el concepto de monogamia de su carcasa conservadora, y sin embargo no se me ocurre nada más progresista que ir en contra del sistema y aceptar el compromiso. Podríamos pensarla como una forma, como un soneto que impone sus 14 versos y crea un sonido inmortal, o una fuga que nace del momento en que se estructura. Limitar no siempre empobrece. 

El amor no puede ser un trabajo vitalicio, mucho menos una obligación. Después de todo el daño que el siglo XVIII le ha hecho, Cupido, que andaba con sus dardos de oro por todas partes, terminó encadenado al fondo de una mina con un pico en la mano. ¿Qué necesidad? Pobre gordo, solo en la oscuridad de la Tierra, obligarlo a producir sentido, a sostener una decisión, a servir para algo práctico. Pero si, como decía Jean Cocteau, no existe el amor sino las pruebas de amor, la monogamia me parece un buen intento. Que sea como cultivar un jardín de invierno: artificial pero perfectamente factible. Belleza no le falta. 

Quizá sea incluso, en este estado actual, una condición de posibilidad para el amor. Si no rezás, no ocurre el milagro; si no abrís el Word, no aparece la página; y si no le das al alma un hogar entre dos cuerpos donde permanecer y transcurrir, no vas a conocer cuáles son los frutos de esa revelación. ¿Cómo será tener un sistema nervioso regulado, capaz de expandirse y darnos paz? Contra la adicción a la dopamina, exclusividad. 

La monogamia podría ser la tecnología de atención que la juventud necesita. Impide la dispersión, rechaza la abundancia, se planta. El deseo se concentra y ya no desde la intensidad del comienzo, que todo lo devora, sino desde la estabilidad de la decisión. Las comparaciones se suspenden y, de golpe, volvemos a ser libres. 

Toca aprender a elegir como una anoréxica aprende a comer. Hacer contratos cortos, si hace falta, pero de monogamia férrea. Probar la intimidad desde adentro, ya liberados de nosotros mismos y de nuestros intereses. Cambiar futuro por presencia; soltar el reel. Que la restricción sea forma, no moral. 

En un mercado de abundancia sexual, el que ofrece exclusividad tiene un bien escaso, un valor diferencial que lo vuelve irrepetible, lo saca del ranking. ¿Y si dejamos de ser comparados y probamos ser únicos? Ya no hace falta morir, alcanza con quedarse. Cerrar pestañas. La verdadera libertad es elegir a quién renunciar.

La monogamia podría ser la tecnología de atención que la juventud necesita. Impide la dispersión, rechaza la abundancia, se planta.