A favor de escuchar tangos

¿En qué momento el tango dejó de ser una música que se escucha para convertirse apenas en una música que se baila? Este ensayo interroga su supuesto eclipse —reducido a destreza coreográfica, nostalgia o postal de otra Buenos Aires— y propone otra imagen: el tango como un aleph inagotable, una reserva que siempre guarda algo más. Entre Salgán y Piazzolla, Manzi y Cadícamo, Troilo y Rivero, el texto vuelve sobre una tradición que no está hundida sino a la vista, lista para ser redescubierta oído mediante.

por Sergio Wolf

Para quien hace documentales es difícil calcular cuándo se activa la idea que enciende el deseo de filmar una historia pero en el caso del encuentro con un historiador de tango esa chispa fue inmediata. -Hay un subsuelo de una biblioteca de la provincia de Buenos Aires donde están las partituras que nunca se tocaron. Ya con eso basta para volverme rehén: -¿Cómo que nunca se tocaron? ¿Cuántas son? Piensa, duda: -No se calcular. No las ví. Me contaron que son muchas, apiladas, cientos… Si bien nunca intenté filmarla, me tranquiliza saber que éso está ahí, esperándome, porque el tango siempre te espera y porque me confirma que en el tango siempre hay más. No hace falta cavar como los misioneros o los correntinos, para quienes es suficiente saber que los tesoros jesuitas pueden estar enterrados en el patio trasero de su casa. El tesoro está ahí, esperando, como las partituras no tocadas. El tango es nuestro aleph.

Pero no alcanza con saber que está y espera porque eso parece no alcanzar para escuchar tango. Es probable que el tango se haya vuelto una música ajena -éso que escuchan mis viejos- allá por los 60, cuando los grandes cantores y las grandes orquestas envejecían y sustituían la edad pero no el brillo, si hasta Aníbal Troilo elegía a Elba Berón y Nelly Vázquez como cantantes. Y el cine argentino también lo sepultó en el cajón de la ropa que ya no se usa, ese cine argentino que se hizo sonoro hermanado con el tango, que era tan popular como el tango, acá y en América Latina, donde antes de comprar una película preguntaban: -¿Cuántos tangos tiene? 

Dejamos de escuchar tango parece, dicen, cuando si bien se impuso, cuando lo único que quedó hoy de lo que el tango era -según Federico Monjeau y Rafael Filippelli, en un artículo en Punto de Vista- fue la fuerza conservadora por excelencia del género: el baile. Quizás todo haya partido de aquella desafortunada frase de “el tango es un sentimiento triste que se baila”, en la que Discépolo pudo no querer definir doctrina pero terminó haciéndolo y cuyo efecto fue letal. Ahí la palabra desgraciada por supuesto que no es “sentimiento” -aunque si hubiera dicho “pensamiento” cambiaba el destino de la cultura argentina- sino “baila”. Dicho de otro modo: el tango es algo (un sentimiento) que se baila y no algo (una música) que se escucha.

Dejamos de escuchar tango parece, dicen, cuando si bien se impuso, cuando lo único que quedó hoy de lo que el tango era -según Federico Monjeau y Rafael Filippelli, en un artículo en Punto de Vista- fue la fuerza conservadora por excelencia del género: el baile.

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El tango sobrevivió como una destreza, así como otros hacen montañismo o aprenden a hacer un menú de nueve pasos, como un desafío que se desprende de su dificultad rítmica del 2 x 4 y del arduo aprendizaje que hizo peregrinar y radicarse en Buenos Aires a tantos extranjeros solo atraídos por el baile. Como sabe que años atrás hice con Lorena Muñoz el documental Yo no se qué me han hecho tus ojos, una película sobre la cantante de tango Ada Falcòn, Marcia R. me recibe con un “me encanta el tango”. Vino desde Washington para aprender a bailarlo como eje central de vida y en su loft de San Martìn y Viamonte el lugar estelar es para un mueble donde exhibe esa pasiòn, transformada en decenas de zapatos de baile, con supremacìa de rojos y azules y dorados, pero al entrar al departamento la música que suena es pop de los ´80… Lo que proliferó en estas últimas décadas son las academias y milongas y no las orquestas ni los cantantes. 

Dejamos de escuchar tango, parece, dicen que porque el tango habla de una Buenos Aires que ya no existe y porque no vivimos “esa época que se fue”, argumento que se desploma si tenemos que haber vivido en el siglo XVIII y el reinado de María de Austria para escuchar a Mozart, o tener 180 años para conmovernos con un western de John Ford, situado en la Guerra de Secesión. O dejamos de escuchar tango, parece, dicen que porque el tango chapotea en una jerga que hoy desconocemos y habla de gola, timbos, breto, chitrula o goruta, pero hay otras jergas ajenas en canciones -digamos, del rock británico- que no los hacen dejar de oirlas. Todo conduce a la idea de que el tango pasó de moda. O mejor: que produjo y fue un producto de una época. y esa época se fue y se lo llevó. Todo conduce a hacernos creer que el tango es nuestra Atlántida, un mundo perdido, sumergido e irrecuperable, que se hundió para siempre. En cambio, creo que es una Atlántida que se ve desde la superficie, que está ahí, a un brazo de ser redescubierta, una civilización legendaria y poderosa, cuyos tesoros son infinitos.  

II

Así como se dice que cada época tiene su lucha, me gusta pensar que cada época tiene su tango. Y contrariamente a esa idea de reducirlo a una ruina arqueológica del fósil canyengue, de pronto, en los 70, el “Tata” Cedrón descubre que la poesía de Raúl González Tuñón ya era letra de tango aunque él mismo no lo advirtiera y Hugo Santiago convierte la “Milonga de Manuel Flores” de Jorge Luis Borges en una escena inolvidable de Invasión, en 1969, cuando el tango era algo de lo que un cineasta moderno debía abstenerse. Del mismo modo, Mariano Llinás hizo dos películas sobre (el enigma, la música y los lugares de) Ignacio Corsini y Juan Villegas ensayó una reinvención del cantor de tango en su libro Una estética del pudor, centrada en Raúl Berón con la orquesta de Aníbal Troilo (“no competìa con la orquesta, la habitaba”). Así es el aleph del tango.   

Escuchar tango no como un gesto contracultural desafiante -provocar con ese “como nadie lo escucha, yo sí”-, ni como un pago a cuenta de la identidad nacional ni como como un bostezo que hay que regalarse por lo popular, sino como un modo de poner en valor la única música producida en Argentina que es aún una terra incognita, algo que no pasa con el folklore ni con el rock, que ya parecieran haber dado todo lo que tenían. Escuchar a Horacio Salgán para pensar que construye y reinventa puentes con la tradición, y tanto da si retoma tangos de la Vieja Guardia o compone con sus armonías complejas y sus tensiones y síncopas, tanto da si yendo al origen con Agustín Bardi o en su A fuego lento, y esa energía de su Quinteto Real capaz de conmover un acorazado. Y al mismo tiempo pensar en Astor Piazzolla como alguien que dinamita esos puentes, creyendo que lo mejor que le podía pasar a tango era estallarlo para reconstruirlo a partir de sus astillas, como un réquiem a un nonino, confinado a un oblivion

Y si Salgán fue nuestro Duke Ellington, ¿quién fue nuestro Oscar Peterson? ¿Quién nuestro Art Tatum? ¿Quién nuestro Thelonious Monk? ¿Quién nuestro Cecil Taylor? Recuperar los grandes pianistas y compositores permite esas líneas. Juan Carlos Cobián, seguro, pero ¿qué hacer con el estilo percusivo de Osvaldo Pugliese o el dramatismo orquestal de Mariano Mores o el uso del vibráfono como antídoto anti-arrabalero de Osvaldo Fresedo? De todas las resonancias y las puertas a  multiversos de ese aleph que es el tango hay una línea que exploró Adrián Iaies con su música y honró Rafael Filippelli en su documental Loca bohemia que se para exactamente en esa frontera, sin una gestapo que señale en la aduana. (Y para el que piense que el tango no tiene una lectura o una teoría, que busque Curso de tango, de Horacio Salgán, poco explorado en su dimensión colosal, quizás el gran libro sobre música argentina). +

El tango es nuestro aleph.

 III

Escuchar tango para que la belleza de esos escritores extraordinarios convierta en reductio ad nauseam aquello de de que es la entronización patética de la mama, la queja por la mujer que abandónica y la añoranza del barrio. Curiosamente, no solo la contemporaneidad los ha relegado a meros letristas de oficio sino que “El Diario de poesía” -en cinco años y veinte números- nunca le dedicó un dossier a alguno de los grandes poetas: Alfredo Le Pera, Celedonio Flores, Enrique Cadícamo, Homero Manzi, Cátulo Castillo y Homero Expósito. Lo mal que hicieron: con todos los reparos del mundo y todas las ignominias que produjo el Nobel de Literatura, con todo lo que puede tener de gesto tribunero, hay que decir que el premio a Bob Dylan fue un gesto, sí, pero un gesto que hizo que todos lo vieran/leyeran no solo como un letrista de oficio para canciones sino como un escritor. 

Explorar los estilos como se explora a los grandes poetas, solo para ver en Homero Manzi, aún en su nostalgia recurrente (manoblanca, el organito, las calles y las lunas suburbanas) logra cumbres líricas (cada suburbio tiene su luna), aún en su uso del adjetivo genial hasta el exceso (Fui como una lluvia de cenizas y fatigas/ En las horas resignadas de tu vida/ Gota de vinagre derramada/ Fatalmente derramada, sobre todas tus heridas/ Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve/ Rosa marchitada por la nube que no llueve). Y ver que la cadencia audaz de Homero Expósito se lee y se oye no solo en Naranjo en flor o Flor de lino sino en los menos conocidos, en Trenzas: Trenzas/ seda dulce de tus trenzas/ luna en sombra de tu piel/ y de tu ausencia./ Trenzas que me ataron en el yugo de tu amor/yugo casi de blando de tu risa de tu voz… Y Enrique Cadícamo, el gran narrador de escenas, incluso y sobre todo cuando se aleja de ese lunfardo que nunca fue más lengua clásica que con él, cuando dice: Turbio fondeadero donde van a recalar/ Barcos que en el muelle para siempre han de quedar/ Sombras que se alargan en la noche del dolor/ Náufragos del mundo que han perdido el corazón/ Puentes y cordajes donde el viento viene a aullar/Barcos carboneros que jamás han de zarpar/ Torvo cementerio de las naves que al morir/ Sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir. ¿De verdad alguien puede creer que no es un escritor enorme?

Y todavía queda por detectar sus modulaciones imprevistas, como la historia de amor convertida en charla, como en Luis Rubinstein, que quizás inventó el tango conversado, un escritor casi desconocido (otro arcano, apenas revelado por Julio Nudler en el excepcional Tango judío), en Charlemos: ¿Belgrano 6011?/ Quisiera hablar con Reneé.  Luego un giro del personaje: Reneé ya se que no existe/ Charlemos… Usted es igual. Y una gran vuelta casrnero con doble giro final: ¿Qué dice? ¿Tratar de vernos?/ Sigamos con la ilusión.../ Hablemos sin conocernos/ corazón a corazón../ No puedo... No puedo verla.../ Es doloroso, lo sé.../ ¡Cómo quisiera quererla!/ Soy ciego... Perdóneme… Atlántida, ¡qué más tenés para darnos!

¿Qué hay en esa escritura del tango? El vagabundeo filosófico, la introspeccción, la pregunta que rebota en el aire, el tiempo que trae un ramalazo y vuelve como imagen, ese algo que se dibuja y se esfuma y quiere ser atrapado (el sentimiento, pero no es que se baila: se escribe), el desorden y el balbuceo que se ordenan en una lírica y de ahí la necesidad de ponerle letra a una escena, muchas veces de amor pero tantas otras de una portón o una tranquera, de aquel que dejó de ser, de un carnaval, de una lluvia. El tango congela momentos, personas y lugares para poder contarlos, como si los abrazara, como si se derramara sobre ellos. ¿Qué es lo que nos envuelve, si no es la época (que no vivimos), si no es un tipo de lengua (que ya no usamos) ni un tipo de hábito o costumbre (que no frecuentamos)? (Y no llegué a hablar de los valsecitos, esa cruza del campo y la ciudad que prodigaría en papers si los sociólogos se avivaran, así como en literatura se habla de novelitas acá son los valsecitos que son un pequeño tesoro dentro del tesoro, son pocos y por éso poco escuchados, son la pequeña forma del tango, Flor de lino y Desde el alma frente a la gran forma de Sur o Cafetìn de Buenos Aires). 

IV

A Edgardo Cozarinsky -no lo pensó como un aleph, quizás porque era un borgeano comme il faut, que escapa de todo y especialmente de las etiquetas- le gustaba decir que el tango era nuestra reserva ecológica ante el presente desolador. Como sea, en ese aleph o esa reserva ecológica están faltando las voces, esas que no parecen haber tenido descendencia (ni las mujeres, ni Rosita Quiroga, ni Ada Falcón ni Nelly Omar, ni los hombres). Quizás pese el linaje familiar, es difìcil seguir cuando en el inicio (del siglo cantado) está Carlos Gardel, hacia el medio Raúl Berón-Francisco Fiorentino y Edmundo Rivero, que llega casi hasta el cierre (del siglo cantado). Justo Edmundo Rivero, con su acromegalia, sus manos gigantes y su cabeza caballuna, y esa altura y esa voz (todo micrófono es bajo, todo micrófono es poco), al que tuvo que salir a defender Horacio Salgán, cuando los echan de Radio Belgrano y de RCA por “ese tipo feo que canta mal“, y les borran todo lo que habían grabado. (Paréntesis: la mitología del tango es otro aleph. Escuchar tango, leer y oír cuentos). 

Escuchar a Edmundo Rivero en Nostalgias (ahí Cadícamo le habla al bandoneón) revela al cantor como compositor -como Sinatra o Billie Holiday reinventando los standards en el jazz-, en ese fraseo que reinventa la métrica del estribillo: “Des/de-mi/ tris/te- so/ le/dad/ Ve/ré/ ca/er/ las/ ro/sas/ muer/tas/ de-mi/ ju/ven/tud”. Pero a la vez Edmundo Rivero y su guitarra, sus milongas, es un cantor gardeliano que compone uno de los discos únicos de la música argentina, lista nunca polemizada que quizás comparta con unos pocos, con Mujeres argentinas -Ariel Ramírez, Félix Luna, Mercedes Sosa- y Artaud de Pescado Rabioso. Ese disco es En lunfardo. No es una jerga que aìsla a los que no la hablan sino una invitación a un territorio en el que sólo reinaba Rivero, igual que pasaba con Gardel.  

Escuchar tango como entrever el infinito de un aleph. Imagìnense, que estoy terminando y me quedó un Troilo en el estribo, ese que le decìa a los cantores que entren cuando quieran, ese que alguien llamó el John Ford del tango, ese que cuando grabó con Rivero logró un hito la gran forma del tango, ese Troilo. Ese que decía nunca me voy, siempre estoy llegando. No hay modo con esta Atlántida, se resiste a terminar.    

Escuchar tango no como un gesto contracultural desafiante -provocar con ese “como nadie lo escucha, yo sí”-, ni como un pago a cuenta de la identidad nacional ni como como un bostezo que hay que regalarse por lo popular, sino como un modo de poner en valor la única música producida en Argentina que es aún una terra incognita