1982: la guerra ganada
El 20 de mayo de 1982, Margaret Thatcher, presionada por la política interna, ofrece el discurso Our generosity, en el que anuncia el retiro de las tropas de Malvinas y el fin del imperialismo británico. Cinco días después, el gobierno de Galtieri proclama el Día de la recuperación definitiva de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. Al año siguiente llama a elecciones.
por Gonzalo Aguilar
Las hipótesis de los relatos ucrónicos son por definición indemostrables, pero suelen estimular debates y remover del pensamiento ideas tomadas como naturales. Hace unos días mi amigo Esteban Beyle (cambio su nombre para preservar su identidad) me envió el manuscrito de una novela suya que tiene una hipótesis inquietante: qué hubiese pasado si la Argentina ganaba la Guerra de Malvinas. La novela se titula Repican por los muertos y transcurre en la Argentina en 1983 cuando el presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri llama a elecciones un año después de ganar la guerra. No derrota a los ingleses en el campo de batalla, sino que estos deciden retirar sus tropas. Este el fragmento de la novela que cuenta cómo sucedieron los hechos:
This is Radio Clash arrasó en los charts ingleses de 1982. Si bien la canción ya había andado muy bien el año anterior, llegó al número 1 después de que Roy Jenkins hiciera su jugada maestra para ganar las elecciones en Glasgow Hillhead. Nadie esperaba que ni bien el ejército argentino invadiera las Islas Malvinas, él saliera con el slogan: “let's not be pirates anymore”. Al principio los conservadores reaccionaron y Margaret Thatcher salió con los botines de punta, pero curiosamente la consigna comenzó a prender en el pueblo, sobre todo después de que en la televisión (la BBC nada menos) los Monty Python hicieran un sketch desopilante sobre Francis Drake. De un modo inesperado, los británicos comenzaron a ser muy críticos con su pasado imperial y la presión social (ahí las universidades de abolengo fueron clave) llevaron a Thatcher a su célebre discurso “Our generosity” del 20 de mayo. El hundimiento del HMS Sheffield el 10 de mayo había conmocionado a la sociedad inglesa y los conservadores evaluaron qué era lo más conveniente: seguir con la guerra o arrebatarle a Jenkins la bandera irresponsable que había alzado. La Dama de Hierro dejó su armadura por un día y se mostró humana: la lágrima que recorrió su mejilla durante el discurso tendría que haber sido encerrada en una clepsidra de vidrio –así decían– y vendida por millones de libras esterlinas. Según algunos analistas, “Our generosity” era el fin de las políticas coloniales modernas tal como se las había entendido desde el siglo XV y había sido sustituida por la imposición de deudas y “la conquista de las almas”, como escribió un periodista del New York Times. Según otros, lo de Thatcher era solo una treta porque las Falklands no hacían más que dar pérdidas y no aportaban nada al tablero geopolítico global. Lo importante fue que los ingleses decidieron no seguir adelante con la guerra (rendirse no formaba parte de su léxico).
Con perspicacia, los militares argentinos aprovecharon el retiro de tropas que fue inmediato. Esperaron hasta el 25 de mayo para declarar “Día de la recuperación definitiva de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas”. El festejo de la multitud se produjo el 24, cuando se supo que los ingleses estaban dispuestos a firmar la cesión de las islas y fue considerada la mayor movilización de masas de la historia argentina, superior en número y fervor al 17 de octubre de 1945 y a la que se produjo el 10 de abril y aun a la de los festejos por el Mundial de Fútbol. “Acá están reunidos –dijo ese día Galtieri– obreros, empresarios, intelectuales, todos los órdenes de la vida nacional en procura del bienestar del país”. Como celebraban los periodistas, “sólo banderas argentinas”, “alegría genuina” (¿hay una alegría que no lo sea?), y el más exagerado, Gómez Fuentes: “por fin la Argentina encontró su destino de grandeza”.
Ese 24 de mayo de 1983, un año después del fin de la guerra y un día después del anuncio de las elecciones libres por cadena nacional el día anterior, Jorge llegó a su oficina como todos los días a las 9 de la mañana.
No voy a dar detalles sobre la novela, que narra la historia de un editor, porque no quiero spoilearla, si bien mi amigo me dijo que no tenía intención de publicarla. En el fragmento citado aparecen mezclados datos y personas reales (el éxito de The Clash, la victoria de Roy Jenkins, el periodista Gómez Fuentes) con otros ficticios (obviamente el retiro de tropas y el discurso de Thatcher). Algunos detalles hacen a la ucronía ominosa: el discurso de Galtieri es una paráfrasis del que dio en la Plaza de Mayo llena el 10 de abril de 1982 y seguramente la rendición de los ingleses hubiese provocado la movilización de masas más grande de todos los tiempos. Pero las consecuencias no terminan ahí: sin duda Galtieri se hubiera erigido en un héroe y los militares hubieran podido arrojar un manto de neblina sobre los crímenes y las atrocidades cometidos.
El entusiasmo imperialista de la Argentina creció, y hasta en Uruguay y Paraguay comenzó a haber preocupación cuando un conjunto de historiadores comenzaron a sugerir que Argentina debía liderar una liga de naciones de territorios que, como las Malvinas, también alguna vez fueron nuestros

La novela, más preocupada por narrar las peripecias del editor, no sigue el curso de los acontecimientos políticos, pero no es absurdo suponer que la recuperación de las islas hubiese significado un reacomodamiento de toda la derecha detrás de los militares. Roberto Alemann no hubiese renunciado como ministro de economía y una parte del peronismo y el radicalismo se hubieran encolumnado con la dictadura. Al pasar, Repican por los muertos anuncia que “hasta Mario Firmenich dijo que estaba dispuesto a volver al país para firmar una rendición y colaborar en el proceso de reconciliación nacional”. Sólo quedarían afuera de la reconciliación y totalmente desprestigiados aquellos políticos que, como Raúl Alfonsín, se habían opuesto a la aventura castrense.
También la izquierda y el progresismo hubieran quedado bastante desubicados ya que, como es sabido, el canciller de ese entonces Nicanor Costa Méndez viajó a Cuba para recibir el apoyo de Fidel Castro, quien ofreció apoyo militar y logístico (según algunos testimonios, Galtieri habría dicho que “con mi amigo Fidel Castro pondremos a Thatcher de rodillas”). La solidaridad latinoamericana, que ya está en el discurso de Galtieri de Plaza de Mayo, se hubiese transformado en una pesadilla sin fin. Los derechos humanos hubiesen tenido un panorama realmente oscuro y dudo de que la consigna de la Madres de Plaza de Mayo (“Las Malvinas son argentinas, los desparecidos también”) hubiese llegado a buen puerto, aunque es difícil afirmarlo dado el fuego sagrado que las impulsó y la valentía que tuvieron. Seguramente habría algunas voces disidentes, pero la euforia y el entusiasmo las acallarían o simplemente las ignorarían. La novela de mi amigo no se explaya sobre esos acontecimientos, pero al pasar se lee: “Para el 25 de mayo de 1983 se esperaba un gran acto con desfile de tropas, recitales (folklore, tango, rock nacional) y la visita de presidentes y líderes latinoamericanos: López Portillo, Figueiredo, Fidel Castro, Belaúnde Terry, Conrado Álvarez, Belisario Betancur, Pérez del Cuellar, Herrera Campins.”
La novela se desarrolla casi toda en Buenos Aires y parte en Uruguay, y no dice nada de la etapa de posguerra en las islas. Las suposiciones de lo que pudo haber sucedido después quedan en manos del lector quien, si sigue el hilo de la hipótesis ficcional, terminará preguntándose sobre temas delicados como, por ejemplo, el conflicto entre el principio de soberanía nacional y el de la autodeterminación de los pueblos. Una especulación posible es que el gobierno militar, con el fin de despejar cualquier contradicción, promulgó una serie de decretos para instar a los lugareños a adoptar la nacionalidad argentina. Muchos, decepcionados con la actitud de la administración Thatcher y disuadidos por algunos eventos violentos de difícil explicación, se acogieron a los beneficios de su nueva nacionalidad. Otros sobre todo –los que tenían parientes, que no eran muchos– volvieron a Inglaterra, y un resto –el número es difícil de precisar – terminó formando grupos guerrilleros de resistencia. No era para menos: el interventor Brigadier Basilio Lami Dozo resultó ser un autoritario de pocas pulgas y el “proceso de argentinización” iniciado por la dictadura creó una serie de malentendidos insalvables. Uno de los decretos consistió en enviar una misión cultural en la que se destacaba el conductor televisivo Enrique Quique Dappiagi. Su programa La chispa de mi gente se emitía todas las noches. La música folklórica no prendía entre los lugareños y los chistes camperos eran ininteligibles. Ni siquiera se habían tomado el trabajo de traducir el título del programa, aunque es verdad que la palabra “chispa” se presentaba a confusiones. Casi que estaría tentado a justificar a los grupos de resistencia malvineros pese a que ahora sí había casi un 100% de consenso entre los argentinos de que había que aniquilar a los isleños díscolos. La economía comenzó a resquebrajarse (explicarles la idea de “no apostar al dólar” era estéril) y las emisiones del programa Tiempo Nuevo en Malvinas, conducido por Neustadt y Grondona, les pareció una serie de ciencia ficción, un spin-off de Black mirror. “No hay manera de educarlos” dijo el Ministro de Educación Cayetano Licciardo, que introdujo contenidos católicos en los programas escolares de las islas con un éxito relativo. En fin, sólo el turismo prosperó como industria y una versión en inglés de “Solo le pido a Dios” que grabó nada menos que Roger Waters.
Muchos isleños, decepcionados con Thatcher y disuadidos por algunos eventos violentos, adoptaron nueva nacionalidad; otros, volvieron a Inglaterra, y un resto –el número es difícil de precisar – terminó formando grupos guerrilleros de resistencia
Hay otro tema muy delicado pero cuyos efectos no puedo eludir: la relación con el Chile de Pinochet, el único país del continente que había quedado afuera de la solidaridad latinoamericana. La visita de Juan Pablo II en junio de 1982, prevista para intermediar con los ingleses, había perdido sentido. De todos modos, el Vaticano ya había sacado los tickets aéreos y era política de la Santa Sede no devolver o anular pasajes (además de que la acumulación de millas financiaba viajes de cardenales y funcionarios de menor rango). Visto y considerando, el Papa aprovechó para centrar su viaje en que no recrudeciera el conflicto por el Canal de Beagle. Nada pudo hacer. Envalentonados con lo que interpretaron como una victoria bélica (en realidad fue un retiro de tropas), el Ejército argentino se declaró dispuesto a dar batalla. El entusiasmo imperialista de la Argentina creció, caló hondo en la población y hasta en Uruguay y Paraguay comenzó a haber preocupación cuando un conjunto de historiadores financiados con dinero del Estado comenzaron a revisar la historia y a sugerir que Argentina debía liderar una liga de naciones de territorios que, de alguna manera y como las Malvinas, también alguna vez fueron nuestros. Grupos de exiliados sumaron a sus denuncias sobre los derechos humanos, las quejas sobre el expansionismo del gobierno argentino, pero ¿cómo combatir a un presidente –me refiero a Galtieri– que había obtenido casi el 80% de los votos y que ahora el pueblo llamaba cariñosamente Leopoldo Scotch, en referencia a su adicción y a las botellas de los mejores whiskys que le enviaban desde diferentes partes del mundo?
El 82 fue un año aciago y lo único rescatable fue que Ferro Carril Oeste salió campeón de la mano de Timoteo Griguol, y esto sí no es una ucronía.
Después de leer el manuscrito de Beyle y de pensar en las consecuencias de su ejercicio narrativo como las que le planteaba al lector, le advertí que esas mezclas de realidad y ficción eran bastante reaccionarias porque si bien la historia no está gobernada por lo inevitable, conserva cierta lógica. No había manera de que Inglaterra hubiese dejado de defender sus posesiones y era obvio que iban a reaccionar contra los militares que, como era habitual, se habían movido con mucha ignorancia y prepotencia. Él me señaló que si yo aplicaba ese razonamiento (la historia como necesidad), terminaría justificando los hechos más atroces. Además, se trata de una novela y el pacto ficcional con el lector está claro desde un principio. Y me dijo también algo que me pareció inaceptable pero me dejó pensando:
El culto de las Malvinas argentinas es una de nuestras mayores debilidades, y como mito de unidad nacional me resulta muy pobre, aunque el reclamo de soberanía sea justo. Después de la incursión de los militares, además, perdió toda perspectiva de concreción y quedó en términos meramente declarativos. Aun así, es una vindicación omnipresente y capaz de encender las pasiones más intensas (algo muy adecuado para las aventuras más descabelladas). La guerra de Malvinas fue la peor de todas, una guerra que era mejor no ganar.
Sin duda Galtieri se hubiera erigido en un héroe y los militares hubieran podido arrojar un manto de neblina sobre los crímenes y las atrocidades cometidos