Dos andando juntos, la regla de la amistad
¿Qué une a dos personas y cuándo empieza, de verdad, una amistad? De Don Quijote y Sancho a Woolf, Barnes y Amis, la literatura ofrece menos una respuesta que una escena recurrente: la de un vínculo sin modelo fijo, hecho de gusto, conversación, asimetrías, tiempo y pérdida. En este recorrido, la amistad se revela como un juego cuyas reglas no vienen dadas, sino que se van definiendo mientras se juega.
por Gonzalo Torné
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Hace unos años el editor de esta revista en España, Santiago Gerchunoff, me dijo en Madrid, en un día de sol, mientras almorzábamos (y yo empezaba a preocuparme por perder el tren) que la amistad nunca podía ser ejemplar: que no nos hacemos amigos de las personas que nos convienen o aprobamos, sino de las que nos gustan y nos interesan. Él quizás no se acuerda, pero como parte de mi trabajo consiste en retener y luego desarrollar con la imaginación las ideas sugestivas que escucho, yo sí me acuerdo.
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Cervantes se pasó buena parte de su vida adulta escribiendo sobre la amistad entre Sancho y el Quijote, cuyo punto de partida era asimétrico y utilitario. Por un lado, el Quijote era señor de sus tierras (aunque sospechemos que empobrecido) y Sancho un criado casi analfabeto. Por otro lado, el propósito de Sancho es servir, aunque sea dentro de una fantasía imposible: la de un caballero andante.
Sabemos que la amistad, como el amor, puede surgir de posiciones sociales asimétricas, de niveles culturales distintos, pero ¿puede prosperar cuando hay un vínculo de dependencia económica? La pregunta solo funciona cuando nos ponemos teóricos porque la experiencia indica que la amistad prospera en cualquier situación, de cualquier manera, que le basta con disfrutar de una masa adecuada de tiempo o de intereses compartidos (ni siquiera de compañía) para empezar y seguir adelante.
¿Y cómo empieza una amistad? A diferencia de las relaciones sentimentales o las que vienen condicionadas por los lazos familiares, la amistad es una relación siempre abierta, de contornos imprecisos. Quizás en la infancia y en el geriátrico la amistad adopte un aspecto más pautado y ritual, más previsible, determinado por los ritmos de la institución donde pasamos unas horas legalmente encerrados. Pero en el intermedio adulto de la vida la situación es mucho más confusa, adquiere velocidades distintas y no es extraño que a menudo cuando nos entran ganas de ver o de saber de alguien, cuando coleccionamos una anécdota para contársela a una amiga porque sabemos que la hará reír o pensar, nos preguntemos: ¿ya somos amigos? ¿desde cuándo somos amigos? ¿esto a qué me compromete? ¿hasta cuándo?
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La amistad adulta: un arranque incierto y una intimidante variedad de formas. Hay quien considera que el amigo tiene acceso a la intimidad, un derecho a saber y a contar; y hay quienes consideran que la amistad tiene como deber, quizás como único deber, respetar los silencios, las zonas grises, las áreas privadas: todos los escrúpulos del corazón, que reservamos para la medianoche, los dioses o la poesía.
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Pero volvamos a Cervantes. Buena parte de la amistad entre el Quijote y Sancho se gasta (o se invierte) en descubrir si son o no amigos y qué clase de amistad han establecido. El proceso no es teórico, ni siquiera consciente. Se trata de pasar tiempo juntos y conversar, conversar de manera libre e interminable, sin cortapisas, cambiando a menudo el rol prescrito, ofreciendo salientes del propio carácter y explorándose en situaciones nuevas. A través de cientos de páginas de diálogos de todo pelaje y especie, en las situaciones más variadas (íntimas, peligrosas, relajadas, chuscas, serias y bruscas), el Quijote y Sancho experimentan su amistad representándola. Como si la amistad, cada amistad, fuese algo que debemos interpretar para conocer de qué se trata, de qué va el asunto.
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Exploro brevemente la amistad en mis novelas, con el riesgo (y la falta de pudor) de volver explícito algo que funciona estimulando la imaginación de manera implícita. Percibo dos rasgos comunes: la amistad como manera de tantear distintas posibilidades de nuestra manera de ser y hablar (la cantera de emociones y de palabras privadas de cada relación); pero también el examen de cómo son las personas que nos interesan, esas con las que nunca llegaremos a conclusiones definitivas (como si tratásemos de cartografiar un perfil que no para de moverse), precisamente porque nos gustan, porque no queremos agotarlas ni que acaben.
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¿Son conscientes el Quijote y Sancho de su amistad? Digamos que a cada momento se interponen entre ellos condicionantes de clase, de propósitos, de lenguaje, de grados de cordura, de experiencia, y creo que también de edad. Pero además es indiscutible que viven juntos, en una irresistible tensión entre el juego, el engaño, la aventura y la sinceridad. Una suerte de burbuja humana en cuyo interior se desplazan por una geografía española tan caprichosa en la mente de Cervantes como las idas y venidas de la locura de sus personajes. Dos andando juntos. Justo el sitio donde quieren estar.
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Hay algo de detectivesco en la amistad, de descubrir aspectos, formas de ser que quedan alejadas, casi ajenas, a trasmano. Una curiosidad por ampliar el retrato, por asimilar zonas de la vida que siempre quedarán vedadas si se trata de personas con las que no compartimos una intimidad amorosa o familiar. Después de todo, un amigo puede ser tanto un refrendo de nuestra posición en el mundo y nuestro temperamento (la amistad de dos niños del mismo bloque, la amistad de dos tímidos) como un poderoso faro con el que iluminar zonas muy alejadas de la sociedad, texturas emocionales y morales distantes.
Buena parte de la amistad entre el Quijote y Sancho se gasta (o se invierte) en descubrir si son o no amigos y qué clase de amistad han establecido. Como si la amistad, cada amistad, fuese algo que debemos interpretar para conocer de qué se trata, de qué va el asunto.

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La conciencia viva de la amistad entre el Quijote y Sancho recorre el libro entero, pero aflora como algo inequívoco (como el despertar de un volcán o la llegada de la marea alta) en el momento de la despedida, cuando todo termina y los dos saben que no habrá más. El caballero depone su locura y avanza cuerdo hacia la muerte. Justo entonces Sancho entiende lo que tenía, una parte de él, como el pulmón o una extremidad, y lo que han perdido. Lo que sigue es uno de los pasajes más logrados de Cervantes y de cualquier literatura en cualquier idioma:
No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.
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Interpretar una amistad se parece a descubrir los rastros de un rostro. La base de un retrato. Claro que el retrato solo puede ser movedizo, adaptado tanto a los propios cambios por los que atraviesa nuestro amigo como al carácter inagotable de cualquier conciencia, un pozo del que salen cosas todo el tiempo, algunas recién formadas. Incluso la persona más insípida y previsible es capaz de abrirse en precipicios cuyo fondo da vértigo mirar. Quizás la más elegante y sugestiva expresión escrita de este fenómeno la encontremos en los diarios de Virginia Woolf. Sus amistades se prolongan en el tiempo como ríos legendarios que atraviesan un continente, y como sucede con esos interminables hilos azules el paisaje de las orillas cambia continuamente. Cada vez que recibe al mismo amigo en su casa o se lo encuentra en una party se alteran algunos detalles, se transforman algunas emociones de fondo, los átomos de la relación se recombinan. Los retratos que Woolf elabora de sus amigos (Forster, Tom Eliot, Keynes) son variados y cambiantes, pero reconocemos, una y otra vez, el mismo principio motor, el mismo bajo continuo (permanente, perseverante) casi obcecado: el interés particular por una persona concreta. El sello de una curiosidad singular. Irremplazable.
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La pérdida del amigo desarticula un mundo donde interpretábamos cierto papel protagonista. Pasamos en unas horas de personajes a custodios. Aquello que sosteníamos entre dos se refugia nada más que en nosotros, en adelante solo existirá en la memoria y progresará en la imaginación. Reconocemos las anécdotas que le hubieran divertido o hecho pensar, pero no hay nadie a quien contarlas. Ramas enteras de lenguaje se quedan sin función. Los ritos se recuerdan (alguien los recuerda, nosotros lo recordamos), pero no hay suficientes oficiantes. Aunque decimos que algunos paisajes, objetos o costumbres pérdidas son irreparables, exageramos: lo único irreparable, como siempre sospechamos, son las personas. Nuestros amigos.
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Me examino como amigo. Creo que mi modelo se parece más al del respeto de los silencios, al de la ocultación (por momentos casi maníaca) de los propios problemas y alegrías. Un amigo discontinuo, con el que puede contarse en momentos de apuro, pero que no funciona como bajo continuo. Cuyo lenguaje se siente más cómodo en el humor que en la confesión. Creo también que he atravesado etapas, que no he sido amigo igual a los veinte que a los treinta que a los cuarenta. Pero son solo creencias, y un brote de pudor me obliga a detener aquí el examen.
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La ficción no sale en busca de algo así como la amistad ideal, no pretende recrear en condiciones de laboratorio un modelo ejemplar ni contemplar algo parecido a una esencia común de la amistad. La ficción explora modelos de amistad, tan variados y precisos como sea posible, desborda la filosofía y replica la vida, a menudo impugnándola. No examina la moral de “la” amistad, despliega y representa una amistad concreta, cuya actividad siempre es, inevitablemente, moral. O si se prefiere: la moral no decide de antemano (como unas reglas de la proporción a las que acudir) qué amistad estará bien o mal, sino que cada amistad, interpretada en sus propios términos, segrega una moral.
Interpretar una amistad se parece a descubrir los rastros de un rostro. La base de un retrato. Claro que el retrato solo puede ser movedizo, adaptado tanto a los propios cambios por los que atraviesa nuestro amigo como al carácter inagotable de cualquier conciencia.
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Lo ha contado el propio Julian Barnes, poco después de la muerte de Martin Amis. Durante un tiempo, Barnes y Amis fueron los mejores amigos. Amis rompió con su agente, Pat Kavanagh, que era la esposa de Barnes; Barnes lo consideró una traición y acabó con la amistad. Bajo el habitual vigor y socarronería de Amis el lector puede sentir, cuando aborda el asunto por escrito, lo que le dolía aquella separación. En Desde dentro, uno de sus mejores libros y seguramente el mejor que escribió en sus últimos quince años (el asunto es la decadencia física e intelectual de las variadas figuras paternales por las que se dejó adoptar, de Bellow y Larkin a Murdoch y Hitchens), Amis dedica una página inesperada a su amistad con Barnes. Leída de manera distraída puede confundirse con una exculpación, un lavarse las manos después de tantos años; leída con un poco más de atención suena como un último intento, casi desesperado, por arreglar las cosas. Por apelar a la vieja regla del juego.
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Se podría pensar en la amistad como un código, del que puede decirse algo parecido a lo que reconocía Auden en el honor: una serie de normas que seguimos porque creemos que nos permiten interpretar la vida en un mundo que sería peor sin ellas. Normas que no esperamos que los demás sigan, pero cuya comprensión caracteriza una manera de ser y comportarse que quizás importe a pocas personas, pero que para estas es decisiva.
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Amis falleció poco después de escribir Desde dentro. Sabemos por Barnes que antes hubo más contactos diplomáticos para enderezar la relación o resolver, por lo menos, alguna forma de acuerdo, algo parecido a un perdón. Barnes accedió a invitar a su casa a un Amis muy enfermo. Y, sin embargo, no le había perdonado. Barnes asegura que hubiese podido tolerar el desplante de Amis si la herida la hubiese recibido él, pero no podía perdonar la afrenta a su esposa muerta. Lo que representaba era un teatrillo dictado por un sentido comprensible de caridad, pero también reclamado por los últimos derechos de una vieja amistad que la ruptura (consciente y sostenida) durante décadas no había logrado conculcar. ¿Se dio cuenta Amis del teatrillo? La escena de certezas y equívocos que produjeron entre ambos bien puede confundirse como una representación de la amistad: un episodio que sigue un modelo al que remite. O si se prefiere, que no trata de “copiar” el modelo de una “buena amistad” sino desarrollar una partida siguiendo unas reglas que todos los participantes reconocen: justo como sucede con los juegos.
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Quizás la amistad funciona como un juego que genera sus propias reglas cambiantes. Y como saben los jugadores de todas las edades una partida de cualquier juego con buenas reglas puede ser tan divertida como aterradoramente seria.
La ficción no sale en busca de algo así como la amistad ideal, no pretende recrear en condiciones de laboratorio un modelo ejemplar ni contemplar algo parecido a una esencia común de la amistad.